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La primera palabra

Cuba es nuestra razón de ser, por tanto, es deber virtuoso que el primer artículo aquí publicado sea para ella la primera palabra. Archipiélago anclado en el mar de las Antillas, custodiada por más de cuatro mil cayos e islotes, tierra orgullosamente mestiza, diversa, historia con luces y sombras. No ha sido en ocasiones recíproca ni benévola con sus hijos.

Malecón habanero

El origen de su nombre es un misterio que se resiste, ¿será cierto que los taninos llamaban a aquella tierra cubanacan? Tierra amplia y abundante, o será pura coincidencia que a miles de kilómetros en la región de Alentejo en Portugal con apenas cuatro mil habitantes exista un pueblo llamado Cuba.  Tierra de guanahatabeyes, siboneyes, taína, europea, africana, árabe, china. Tierra amada, sufrida, añorada y olvidada.

Es motor impulsor nuestra fe inquebrantable, el distinto universal de Cuba; aquello que José Martí llamaría “dulce misterio”, fuerza invisible que alzó los brazos de los soldados, embriagó las mentes de los hombres más brillantes de nuestro pasado. Fe en el talento y virtud de su pueblo, su pasión que en ocasiones ronda la inocencia. La fe en que el esfuerzo de aquellos, que antes de nosotros plantaron la semilla en tierra fértil, no fue inútil. Y que aquellas semillas que fueron arrojadas en buen suelo florecerán y darán sus frutos.

El entendimiento a profundidad de su idiosincrasia y de la familia, la cual es base fundamental de nuestra identidad, misma que ha sufrido el embate de la historia, los forcejeos de poder y el odio entre los hombres. Sin embargo, su esencia es como luz que prevalece y el aula en la aprendimos nuestras primeras lecciones de cubanía. 

Es por tanto nuestro reto saber y ser ciudadanos de nuestro tiempo, ser parte de nuestra generación con todo lo que ello demanda. La historia es implacable y los hombres finitos, los cuales serán no recordados por la huesamenta olvidada en la tierra, sino por las ideas que una vez florecieron en ella. Porque “el amor, madre, a la patria no es el amor ridículo a la tierra, ni a la yerba que pisan nuestras plantas” (José Martí).

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